
Estamos en el punto más álgido de la temporada electoral —nuevamente, debatiéndonos entre la democracia y el caudillismo— y dos películas recién estrenadas transcurren en medio de regímenes dictatoriales. Qué curioso. “V de Venganza” y “La Fiesta del Chivo” son dos vistazos a mundos sin democracia —dos vistazos al futuro, si la segunda vuelta favorece a cierto candidato... Ambos filmes hablan de la corrupción absoluta generada por los regímenes absolutistas, pero no tienen muchos más puntos en común: se trata de películas distintas en sus planteamientos y logros, y si la crítica no ha señalado aún el hecho de que ambas hayan llegado a cartelera precisamente en estos días es porque, lamentablemente, dichas cintas tienen muy poco que decir. Esta semana, además, se ha consolidado en cartelera un filme llamado “Hostal”, que llega con el sonoro auspicio de Quentin Tarantino —asupicio que ha demostrado redituar bien en taquilla— y del que podría decirse, rizando bastante el rizo, que trata también sobre la oposición a un régimen tirano: en este caso, un club que captura jóvenes mochileros con el propósito de torturarlos. Por puro placer. Esta película tampoco tiene nada que decir, pero me parece que no lo está buscando.
Lo que une a las tres películas que señalo, en todo caso, es que recurren al sentimiento de indefensión para que la audiencia se identifique con el héroe o heroína: cada cinta lo hace con suerte distinta y esta semana yo intentaré algo nuevo aquí: publicar tres comentarios breves en vez de uno largo. Seguiré el molde de aquello que los gringos llaman ‘capsule reviews’ pero que nosotros denominaremos sencillamente ‘pastillas cinematográficas’. Por cierto, se acerca la semana santa y en vez de ir al cine a ver cualquiera de estos filmes, cuyo interés es menor, yo propondría conseguir de algún modo el dvd de “La última tentación de Cristo” de Martin Scorsese, que se basa en la novela de Kazantzakis y coincide en varios puntos con el recientemente popularizado Evangelio de Judas. A diferencia de los ejemplos que siguen, se trata de una gran película.
Lo que une a las tres películas que señalo, en todo caso, es que recurren al sentimiento de indefensión para que la audiencia se identifique con el héroe o heroína: cada cinta lo hace con suerte distinta y esta semana yo intentaré algo nuevo aquí: publicar tres comentarios breves en vez de uno largo. Seguiré el molde de aquello que los gringos llaman ‘capsule reviews’ pero que nosotros denominaremos sencillamente ‘pastillas cinematográficas’. Por cierto, se acerca la semana santa y en vez de ir al cine a ver cualquiera de estos filmes, cuyo interés es menor, yo propondría conseguir de algún modo el dvd de “La última tentación de Cristo” de Martin Scorsese, que se basa en la novela de Kazantzakis y coincide en varios puntos con el recientemente popularizado Evangelio de Judas. A diferencia de los ejemplos que siguen, se trata de una gran película.


“¡Quiero sentir!” exclama un hombre que ha decidido enfrentarse al ennui de la sociedad moderna torturando y matando a un desconocido. Esta línea resume bien la intención del filme: el estímulo cinematográfico se ha desgastado (hace tiempo que las películas de terror no aterran a nadie) y hay que despertarlo nuevamente. Mediante lo grotesco, en este caso: estamos frente a una película gore, que huele a camal, donde la sangre y vísceras abundan pero que en contra de las expectativas no genera miedo sino aprensión. Para lo que se quiere lograr, sin embargo, no está mal del todo: uno puede imaginarse a Quentin Tarantino —productor y mentor de este filme— riendo a pierna suelta cuando la sangre de un cuerpo que acaba de hacerse pedacitos salpica a los transeuntes en una estación ferroviaria. Resulta curioso tener en cartelera un filme donde uno de los dilemas del personaje es cómo hacer para recoger sus dedos... y esa supuesta novedad es la que debería compensar la total ausencia de psicología o profundidad en esta cinta. La turista japonesa, por ejemplo, es un maniquí cuyo propósito consiste en generar asco: y es que “Hostal” está inscrita nítidamente en la tradición del exploitation que tanto ama Tarantino. De hecho las deudas con este director (y con Takashi Miike, quien además hace un cameo) son evidentes: allí están las torturas a lo “Perros del depósito”, el corte del tendón de Aquiles o la pantalla completamente en negro a lo “Kill Bill”. A su modo retorcido la película es incluso divertida, pero el sensacionalismo hace que la suerte de los personajes importe muy poco. La cinta es basura de buena calidad, pero basura al fin y al cabo.