
Otro ejemplo: el “King Kong” de Peter Jackson está prácticamente limpio de insinuaciones sexuales. De otra manera su rating de PG-13 (en la práctica, “apta para todos”) peligraría. Y, como anota el conocido Jay Epstein en su página web sobre tendencias en Hollywood, “el sexo en las películas, sobre todo si resulta en un rating ‘R’ o ‘NC-17’ es un triple inconveniente: fastidia en los cines, luego en las tiendas de alquiler de vídeo y finalmente en la exhibición por TV”. Vale decir que el “King Kong” que tenemos en cartelera es una película familiar. Incluso hay una versión doblada. Se trata de una opción perfectamente válida, dicho sea de paso. Es más: se trata de una opción que funciona. Yo solo quería señalarlo.
Bien. El “King Kong” que tenemos en cartelera se sitúa en la década del treinta, que es la época en la cual transcurre el filme original. Durante la Gran Depresión. Aquí el director de cine interpretado por Jack Black tratará de completar una película que sus financistas quieren cancelar... Necesitado de una actriz protagónica, recogerá literalmente de la calle a Naomi Watts: saldrán entonces en barco, rumbo a una locación exótica, distinta. La Isla Calavera. Los acompañará en el viaje el guionista, Adrien Brody.

Sí. Al igual que en “El señor de los anillos”, he aquí a un actor humano —Serkis interpretó a Gollum en aquella trilogía— prestándole su espíritu a una creación virtual. Puede sonar novedoso, pero esto se ha hecho desde los inicios del cine: la misma “Blanca Nieves” de Disney fue creada rotoscopizando a Marge Champion.

Y todo esto, sin embargo, es la preparación para encontrarnos con el verdadero protagonista del filme.

Los fans que habían visto los trailers antes del estreno se quejaron por la falta de realismo en este protagonista, habitante de una isla detenida en la prehistoria llamada Isla Calavera. Hubo, incluso, el temor de que la película resultara un nuevo “Hulk”. Detengámonos, entonces, en esta fotografía promocional del filme. Al igual que las demás instantáneas de Kong, asemeja un dibujo: muy detallista y muy bien coloreado, pero dibujo al fin.
Y es que la animación digital está aún en sus inicios. Después de todo el filme pionero en el campo, “Jurassic Park”, data apenas de 1993.
tres

Kong, como animal parido por un ordenador, como simulación de algo real, es lo mejor que se haya visto nunca en la historia del cine.
Pero sigue notándose que es simulación... En contra de mis expectativas el gorila funciona mejor en primer plano, y la manera como Andy Serkis ha sabido traspasarle su gestualidad —gracias a un complicado sistema de captura de expresión facial— es realmente impresionante. Hay momentos en que uno se la cree. De verdad. La película sufre en el aspecto técnico, sin embargo, de algo que aquejaba también a la trilogía de “El señor de los anillos”: de una excesiva pixelización. Algo no funciona del todo cuando los artistas trabajan frente a un monitor de 19” efectos especiales que luego se verán en un ecran de varios metros de diagonal. El fuego en esta película, por ejemplo, sigue pareciendo una textura sacada del CorelDraw.

Sucede otra cosa en el filme, que a mi modo de ver es sumamente estimable: este gorila se transforma de pronto en un símbolo. Es la materialización de aquel deseo humano de contar con una fuerza superior, que nos proteja de todo mal. Sin este componente el filme no funcionaría... De cualquier modo, Peter Jackson ha construido una película que sigue teniendo la forma de un triángulo amoroso, aunque se trate de un triángulo más bien platónico —debemos anotar que en 180 minutos de película hay solamente un beso, y que finalmente el tratamiento romántico está más acorde con el cine de la década del treinta, donde la acción se sitúa, que con el año 2005: el enamoramiento del guionista Adrien Brody resulta completamente inverosímil, por ejemplo— y por ello su “King Kong” es un filme que habla mucho más acerca de la conexión emocional que puede darse entre una mujer y un animal, que acerca de las fantasías sexuales que habitan al género humano: ser protegida, de un lado, y tener prisionero al objeto amado, del otro. Existe, de hecho, una escena bellísima en su carácter fraternal dentro de esta película: una escena en la cual Kong y Ann contemplan cómo se pone el sol en la jungla. Es un aporte de Jackson al material original, y le otorga una dimensión nueva a la historia. He aquí a un ser capaz de apreciar la belleza. Y eso lo emparenta con los hombres.

Eso no es todo, pero hace mucho que la extensión de esta reseña sobrepasó el límite del buen gusto. Como tiro de gracia, quisiera decir que con “King Kong” Peter Jackson demuestra nuevamente un manejo extraordinario del ritmo cinematográfico: aunque es cierto que su película aburre un poco en los primeros minutos —cuando los efectos especiales aún no entran en juego— luego de eso la narración es puro placer cinematográfico. A saber: el placer del movimiento y el placer de la sorpresa. Queda para la memoria, por ejemplo, aquella secuencia de terror hilarante en la cual la expedición que se ha aventurado en la Isla Calavera es atacada por gusanos y arañas gigantescas: a diferencia de las secuencias de acción anteriores, aquí Jackson contrapone un tono distinto, y eso es sabiduría en el manejo del ritmo: omite la grandilocuencia que la música ha tenido hasta ese momento y deja que una melodía calma, trágica, se superponga a los gritos de auxilio de este grupo humano condenado casi de antemano a la muerte. “King Kong” es entretenimiento superficial, cierto, pero es el entretenimiento superficial más extraordinario que haya visto yo en años.
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