aquí, a la derecha, les dejo algunas fotos de quien en algún momento fue la mejor actriz del mundo. jessica lange tenía 26 años cuando debutó en el cine con "king kong".

Es 1933. La película es en blanco y negro. Pero seguramente la audiencia que está viendo este primer “King Kong” grita también... Y aunque es imposible meternos en la cabeza de una persona de 1933 —entre otras cosas, el umbral de asombro con respecto al cine ya fue alcanzado: sería muy difícil, en el año 2005, encontrar espectadores que se desmayen en la sala al ver una película de monstruos por ejemplo, cosa que sí sucedía hasta la década del setenta— y es imposible, por tanto, saber qué insólitos terrores zumbaban en las cabezas de los habitantes de aquella época, nosotros podemos imaginarnos la escena... Recordemos: el cine era un entretenimiento relativamente nuevo. “Blanca Nieves y los Siete Enanos” aparecería recién en 1937, “El Ciudadano Kane” no vería la luz sino hasta 1941. “King Kong”, de 1933, es un logro del arte cinematográfico. Según el estadounidense Roger Ebert, el filme es “el padre de Jurassic Park, de las películas de Alien y de todas aquellas historias en que los héroes son aterrados por efectos especiales”. Por primera vez se recurrió al stop-motion —hemos hablado de esta técnica al comentar “El cadáver de la novia” de Tim Burton— en gran escala. Y lo que se obsequió al público fue una historia fascinante.
Dino de Laurentis, por ejemplo. Este mítico productor de cine anunció la construcción de un robot de quince metros de altura que encarnaría al primate de su película: empresa descabellada por donde uno la mire, empresa que obviamente fracasó. (Un robot. De quince metros de altura. Que además actuaría. Ya...) El robot terminó construyéndose pero casi no pudo utilizarse durante la filmación, y aunque la película recibió mucha publicidad por sus efectos especiales básicamente lo que se veía era a un actor dentro de un traje de gorila... Mas no era a eso a lo que yo quería referirme. Quería referirme a la sexualidad. Porque “King Kong” es una historia abiertamente sexual —y alguien podría argüir que todas las grandes historias son sexuales...
Pero hay algo más, y esta es la razón por la cual me remito tercamente a la versión de 1976: existe algo excesivo en esa película, un espíritu que la versión de Peter Jackson no posee por más poblada de dinosaurios que se encuentre. Y es que películas como aquella son impensables hoy en día. Hace treinta años, si alguien quería filmar a un gorila gigante el construirlo estaba dentro de la lógica. Esa manera de pensar ya no existe en el cine. No en Hollywood, al menos. Comparemos la fotografía anterior de Jessica Lange, sobre una mano mecánica, con esta de Naomi Watts durante el rodaje de una escena parecida. Desde luego, lo que hay es un enorme espacio verde para rellenar digitalmente. Ni siquiera existe una mano. Quizás ahora todo luzca mejor en pantalla, pero a mí sigue fastidiándome vivir en una época en la cual hasta los efectos especiales empiezan y terminan frente a un ordenador. Y es que la digitalización del cine ha eliminado el riesgo: si los productores quisieran hoy en día hacer algo diferente solo tendrían que invertir más dinero, comprar más computadoras y contratar a más artistas para que trabajen. Con un mouse. Bajo esta óptica un filme como “Fitzcarraldo”, de Herzog, es una reliquia de la época pre-informática.
Como han señalado casi unánimemente los críticos, Jackson se toma sus buenos cuarentaicinco minutos antes de que siquiera veamos al monstruo. Es un acierto, desde luego: crea expectativa, y permite que nos involucremos un poco más con las emociones de estos personajes que nos acompañarán en la travesía. Aparecerá aquí la atracción entre Brody y Watts —trabajada elementalmente, toscamente... Pero hay algo adicional que yo considero interesante, y es que esta primera parte le permite a Jackson establecer el tono de su película: es un tono alejado del realismo. La paleta de colores, por ejemplo, con esos rosados en el cielo de New York, es bastante más cercana al universo del comic y la misma elección de actores habla de cierta búsqueda estética. Véanse los rostros perrunos de Jack Black y Adrien Brody como protagonistas (pekinés y galgo español, respectivamente) o la inclusión de un personaje caricaturesco como Lumpy, el marinero. Se trata de Andy Serkis, el mismo actor que presta su gestualidad a Kong.
Tal y como lo veo yo, Peter Jackson quiere hacer una matinée de domingo. Quiere —qué tremenda confianza en sí mismo— divertirse. Los espectadores que conocen a este director a través de la trilogía de “El señor de los anillos” podrían sorprenderse, puesto que aquellas eran películas escasas en humor, después de todo. Convendría recordarles que Jackson empezó su carrera haciendo películas gore: películas festivas en su regodeo con la sangre y las vísceras como “Bad taste” (“Mal gusto”) o “Braindead” (estrenada en algunos países como “Tu mamá se comió a mi perro”). La secuencia en la cual aparecen los nativos y se enfrentan a la tripulación, por ejemplo: fácilmente podría estar dentro de cualquiera de las películas que hizo Jackson en sus inicios. Inclusive el uso de la cámara, con sus barridos violentos, resulta lúdico.

En fin. Sublimada la pulsión sexual de la historia Jackson opta por crear un retrato acerca de la empatía entre una mujer y el animal que la ha salvado del peligro. Y efectivamente Kong rescata innumerables veces a Ann: de los dinosaurios que viven en esta isla y que están ansiosos por comerla —hay algo que remite a las pesadillas de la infancia en este temor a ser comido por un monstruo— y de caer en los oscuros abismos de la jungla... Y si uno finalmente comprende el interés de esta muchacha por Kong es debido a que el simio ha arriesgado su vida por ella. Repetidas veces. Nuestro monstruo es el arquetipo del macho y el director ha elegido, como tercer vértice en este triángulo amoroso, a un desmirriado Adrien Brody. Qué interesante.



