febrero 05, 2011

El Cisne Negro


"Black Swan", Darren Aronofsky, 2010:

* Debes transformarte. He aquí la directiva que Vincent Cassel, director de la compañía de ballet, da a lo largo del metraje a la joven, bonita Natalie Portman. El estreno de El lago de los cisnes se avecina y el papel exige algo así como descontrol y oscuridad. "El cisne negro" plantea sus reglas desde el inicio: será el itinerario mental --de la sanidad a la locura-- de una bailarina.

* Pero el problema --y es un problema de concepción-- es que este itinerario resulta inexistente: la progresión dramática (asunto central en un filme cuyo tema es la transformación) es de una pobreza que se contradice, que disuena, con el estilo "director como estrella" tan caro al otrora interesante Darren Aronofsky: su vocabulario cinematográfico se ha vuelto más bien efectista, más bien truculento: desde el horror al silencio (donde casi todo se musicaliza e incluso los movimientos de cámara suenan: buena señal para reconocer la marca Hollywood en una película) hasta el uso terco de la cámara en mano como recurso que "se corresponde con la inestabilidad del personaje" --recurso con tendencia a convertirse en cliché si no hay intensidad o verdad en las performances--, pasando por la fotografía verdeazulada-grisácea de moda (harta postproducción digital de color: al parecer el look "retocado" gusta en Hollywood); la mayoría de elecciones de dirección de Aronofsky llaman un-poquito-demasiado la atención sobre sí mismas. Enturbian el filme.

* Una escena que puede resolverse con dos planos, e incluso con un solo plano y un paneo, se hace en cinco (la escena de la masturbación). Para insinuar el tema de la personalidad desdoblada se recurrirá, desde luego, a los espejos.

* Pero hablábamos de la progresión dramática. La responsabilidad primera de su pobreza recae en el guion. ¿Tres guionistas y no pudieron cocinar algo más sabroso? Hay pinceladas de una relación de sumisión y dominancia con la madre --un papel pequeño, el de la madre, por lo que solo queda confiar en el poder de la mirada y en el aterrador peinado de la buena Barbara Hershey: Aronofsky debió mirar con más atención a Piper Laurie en "Carrie" o a Annie Girardot en "La profesora de piano", filme con el que "El cisne negro" tiene deudas-- y hay también insinuaciones de una sexualidad difícil en Portman.

* Pero su transformación --esa oscuridad que debía aflorar para que nuestra bailarina pudiera interpretar el papel de su vida-- no se da. No interiormente, al menos (más sobre eso, exactamente dos párrafos más adelante).

* De hecho, durante buena parte del filme el director del cuerpo de ballet seguirá diciéndole a Portman: no estás haciéndolo bien. No estás cambiando. El guion le niega tan abiertamente la oportunidad de transformarse por dentro a nuestra-próxima-actriz-ganadora-del-Oscar (y es tan necesaria su transformación para que el filme llegue a algún lado) que utiliza un recurso manoseado para desencadenar el cambio: la droga. Un alucinógeno es la solución encontrada por este equipo de tres sonrientes guionistas.

* No hay nada de malo en la superficialidad. Muchas de las películas a las que regreso de cuando en cuando --me he vuelto ocioso: prefiero volver a ver una película que me ha gustado antes que un filme desconocido-- son absolutamente superficiales. Pero no puedes ser superficial y, a la vez, prometer hondura.

* "El cisne negro" se hunde de verdad hacia el final: de hecho, por momentos se convierte en un esperpento. Puesto que en la película no hay transformación interior --puesto que no hay verdad-- guionistas y director recurrirán a los efectos especiales para transformar exteriormente a nuestra bailarina. Tan barata es esta película en su parte final que Portman, por ejemplo, tendrá las escleróticas rojas mientras baila. Pobre chica: le crecerán plumas en los brazos. Esto podría no ser tan malo si los efectos resultaran menos evidentes, y hay aquí un asunto que tiene que ver --y espero no sonar reaccionario-- con el buen gusto.

* No voy a intentar definir el buen gusto. No tengo idea de qué lo es --supongo que tiene que ver con la precisión-- pero sostengo que Aronofsky no demuestra buen gusto en la parte final de su película: al igual que en su también fallida "La fuente", hay asomos de ramplonería.

* "El cisne negro" es un ejemplo de ornamentación sin contenido. Como maquillar primorosamente un cadáver, y luego pedir a los espectadores que admiren cuán vivo se ve el muerto.

* Natalie Portman es una actriz competente, sí. Pero el tema demandaba otra clase de actriz: alguien, si se quiere, con más capas. Con mayor densidad en la mirada. Igual la película le obsequia un par de momentos de verdad: uno de ellos es cuando se encierra en el baño, emocionada y llorosa, para llamar a su madre y decirle que ha obtenido el papel que deseaba. Muy buena escena. La performance de Portman cumple con los requisitos implícitos de la Academia para otorgar un Oscar: hay preparación detrás (se hizo la tarea: Portman entrenó efectivamente ballet), hay llanto y hay drama.

* Esto es lo que suele entenderse por "mejor actuación". Vale decir, actuar mucho.

* La sensación que me queda es que estamos ante una película que toma como escenario o tema el ballet, pero que ha sido dirigida por alguien que no lo disfruta particularmente, ni es muy diestro filmándolo: me gustaría ver nuevamente --y Aronofsky debería, si es que no lo ha hecho-- una película de baile como "Bodas de sangre" de Carlos Saura, cuyo sentido del encuadre y del ritmo es exquisito. Un tanto diferente a correr sobre el escenario con una cámara de cine al hombro.

* Terminado el filme camino por Miraflores con mi novia: hay personas mayores y personas jóvenes (pero sobre todo, personas mayores) bailando cumbia en la rotonda de la plaza. Hay gente alrededor, observando y aplaudiendo. Otros municipios deberían imitar esto. Había más verdad en los movimientos no profesionales de estas personas (movimientos que nosotros disfrutamos durante cinco minutos) que en las casi dos horas de proyección de "El cisne negro".

1 comentario:

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